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Biografía de Pedro Henríquez Ureña
HISTORIA DE LA BN
09/10/2012BN PHU

Un joven Pedro Henríquez Ureña

Pedro Henríquez Ureña
Filológo, escritor y maestro. 

Nació en República Dominicana el 26 de junio de 1894, y murió el 11 de mayo de 1946  en Argentina

Pedro Henríquez Ureña y su familia

Pedro Henríquez Ureña y su familia 

Pedro Henríquez Ureña. Fuente: Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba

Fuente: Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. 

Pedro Henríquez Ureña es un ejemplo americano

Desde su fallecimiento en 1946, figuras señeras de  las letras americanas y de otras latitudes del universo intelectual han escrito innumerables documentos resaltando las condiciones especiales  que adornaron ese hijo de nuestra tierra que se llamó Pedro Henríquez Ureña. Desde ese punto de vista, no podemos pretender nosotros remarcar criterios expuestos con suma precisión, profundidad  y certeza acerca de este fenómeno de las letras americanas, sino más bien resaltar algunos elementos que pensamos contribuirán a que recordemos algunas facetas de su paso por la vida que pensamos no han sido abordadas suficientemente, pero que nos interesa conocer a todos.

Veamos…Pedro Henríquez Ureña nació en Santo Domingo, capital de la República Dominicana.  Sus padres fueron los prominentes intelectuales Francisco Henríquez y Carvajal y Salomé Ureña.

Su padre fue médico, abogado y presidente provisional de la república a raíz de la intervención de las tropas estadounidenses a nuestro país en la segunda década del siglo XX. De su lado, su madre fue poetisa, intelectual, además de formadora del primer grupo de profesores (as) para la escuela normal de nuestro país. La iniciativa para formar maestros normalistas estuvo precedida por el gran pensador puertorriqueño Eugenio María de Hostos, quien arribó al país con una alforja repleta de nuevas ideas positivistas sobre la formación de los nuevos educadores americanos.

De las ideas de Hostos, consideran  los biógrafos, abrevó también  el pequeño Pedro.

Pedro nació el 26 de junio de 1894, y murió el 11 de mayo de 1946 mientras abordaba un tren que lo llevaría desde La Argentina a La Plata, ciudad esta última donde impartía también docencia.

El esfuerzo hecho para alcanzar el tren que lo llevaría a la referida ciudad, le causó una dolencia cardiaca que provocó su muerte repentina.

Una educación temprana

Desde sus primeros años, Pedro fue inducido al estudio y a la superación por sus progenitores. Ambos invirtieron recursos para que tanto él como Max Henríquez Ureña (Camila todavía no había nacido) pudieran tener a su alcance toda la literatura y documentos científicos importados por las diferentes librerías de la capital. Tal era su afán de superación, que en ocasiones  los dos bisoños tenían que ser auxiliados por la mayordomía para poder llevar a la casa el legajo de libros adquiridos. Debemos recordar que para entonces los volúmenes editados eran empastados de manera diferente a la actual, y que por tal razón su peso era a veces exagerado.

Pero no solo de los libros adquiridos en las librerías se nutrían los bisoños, porque en la biblioteca de la casa existía ya una enorme cantidad de tomos y enciclopedias acumulados por sus padres, tíos  y otros familiares que sentían admiración por la capacidad de los dos niños, especialmente por el mayor. Ocurre que los visitantes a la vivienda de los Henríquez Ureña quedaban admirados con la capacidad de Pedro. El muchacho era tan bueno en las matemáticas como en la física y en la filosofía. Y como no tenían idea de por cuál de las ciencias se inclinaría, trataban de inducirlo a leer lo más novedoso de cada una  de ellas. La decisión final de por dónde se inclinaría, sin embargo,  Pedro la tomaría más tarde.

El orgullo americanista  

Todo americano amante de las letras y de la cultura en sentido general, debe sentirse orgulloso de que desde las entrañas de nuestras tierras haya emergido un hombre con las luces,  el sentido de la historia, la sapiencia y el espíritu investigativo y de trabajo de don Pedro Henríquez Ureña.

Pedro es recordado por los prohombres del mundo intelectual como un paradigma sin igual. Sus enseñanzas fueron tan puntuales, que sus discípulos escalaron las más alta jerarquía de nuestra América y  le amaron entrañablemente. La razón para tal agradecimiento radica en que don Pedro tuvo la virtud de sembrar fe y deseo  de superación en todo el que se le acercó con  deseos de superación y deseoso de emprender el difícil camino del aprendizaje de nuestra lengua.

Nuestro compatriota fue un incansable investigador de la  dialectología de toda América.

Desde Río de la Plata hasta Méjico; desde el territorio andino hasta Chile y toda la región caribeña, nuestro insigne pensador escudriñó con su óptica maravillosa los datos científicos, la documentación veraz y todos los ensayos avalados por los grandes pensadores que pudieran ser utilizados como base para profundizar nuestra letra castellana. Deberá recordarse que para entonces nuestra lengua se hablada de una forma aquí, de otra acullá, pero siempre uniendo los elementos de la fonética y la fonología que le permitieran encausarnos por un camino hacia un fin de entendimiento común, que fue precisamente lo que investigó nuestro hombre de letras.

Don Pedro nunca confundió el rumbo que llevaban sus investigaciones. Se mantuvo siempre atento y cordial ante quienes les planteaban criterios contrarios a los suyos, pero defendía con ardor sus puntos de vistas. Fue además un estudioso contumaz de todas las aportaciones ajenas. De todas ellas abrevó nuestro hombre de letras, las profundizó, seleccionó las que se acogían a sus investigaciones, y a así sustentó puntos de vistas que todavía hoy son señeros en nuestro país y en otras regiones de América.

Importantes tesis de don Pedro

Sus interesantes tesis sobre Gramática Castellana (Curso primero y segundo, elaborado con la colaboración de Amado Alonso, de una parte; y de Beltrán D. Wolfe, de la otra); El libro del Idioma, escrito junto a la sabia pluma de Narciso Binayán, de ninguna manera menoscaban la ingente selección de estudios contemplados en Ensayos críticos, Literatura dominicana, Seis ensayos en busca de nuestra expresión, La cultura y las letras coloniales, La utopía de América, Sobre el problema del andalucismo dialectal,  El español en Santo Domingo, así como otro conjunto de escritos que enriquecen las letras americanas y que lo catapultaron a la cima del pensamiento de la época. 

Pedro Henríquez Ureña se codeó con lo más granado de América y se nutrió de las fuentes más conspicuas del territorio americano. Nuestro hombre de ciencia realizó trabajos conjuntos con Andrés Bello y Rufino José Cuervo, y junto a ellos dos Pedro conforma una trilogía difícil de igualar a nivel de las letras americanas.

Cuervo escribió El Español colombiano, solo superado por la enjundiosa investigación de Pedro titulada El español en Santo Domingo. Andrés Bello, de su parte,  escribió La primera gramática americana en 1947. Las obras de Pedro, republicadas en el país por varias universidades, nos hablan del amplio universo de temas que abarcó su poderosa pluma.

Periplo magisterial de Pedro Henríquez Ureña

Desde su más tierna edad, Pedro se constituyó en maestro. Lo ejerció primeramente con su hermano Max, a quien comenzó a educar cuando todavía su fraterno rondaba los 4 años de edad y  Pedro no había cumplido los seis. Prosiguió su ejercicio magisterial en Méjico, donde sustituyó a Alfonso Reyes como profesor de la escuela de Altos Estudios de la Universidad de Méjico.

Don Pedro continuó  su labor magisterial en la Universidad de Minnesota, siguió ejerciendo como profesor en la Escuela de Verano de la Universidad de California, así como en la de Chicago. Su esfuerzo no concluiría en esa última universidad, pues en Madrid Pedro ejerció como profesor en el Centro de Estudios Históricos junto a su entrañable amigo Alfonso Reyes. En esa universidad el eminente lingüista e intelectual Ramón Menéndez Pidal desempeñaba la función de director.  

Pero faltaba más…Al llegar a Méjico, Pedro Henríquez Ureña fue nombrado catedrático de la Escuela Preparatoria de la antigua Universidad Nacional de Méjico y de la Escuela de Altos Estudios de la misma. Pedro también desempeñó el cargo de Director General de la Enseñanza Pública del estado de Puebla de la república mejicana. Una vez cumplido el cometido,  se trasladó a Argentina, amparado en una  gestión hecha por  su amigo Rafael Alberto Arrieta, país donde fue nombrado profesor del Colegio Nacional de la Universidad de La Plata y del Colegio Libre de Estudios Superiores de Buenos Aires. Su magisterio no se limitó a impartir clases a nivel primario, sino que contempló la actividad de dictar conferencias extracurriculares en Argentina, Chile y Uruguay.

En lo que respecta a nuestro país, Pedro fue  Superintendente General de Enseñanza, función que ejerció a petición del tirano Trujillo. Aprovechó la ocasión, eso sí,  para hacer aportes a la educación del país. Entre esos aportes figuran el haber revisado “los planes de estudios de las escuelas primarias y secundarias; haber ofrecido cursos de capacitación para los maestros de Lingüística y de Lengua Española, también auspició la primera Exposición de Arte e Industrias Populares y participó en un homenaje a Luisa Ozema Pellerano y a Antera Mota, ambas discípulas de su madre”.

Pedro creó la Escuela Modelo y el Museo escolar, ofreció un curso sobre el Teatro europeo y el americano; dictó un curso sobre Literatura Española, promovió la edificación de nuevos centros escolares y organizó y llevó a cabo varias campañas de alfabetización. Diferentes factores contribuyeron al alejamiento de Pedro de la República Dominicana, los primeros de ellos relacionados con las posturas políticas de su padre.

Condición errante de don Pedro.

A la muerte de su madre Salomé Ureña en 1897, Pedro tuvo que trasladarse a Cabo Haitiano, lugar donde se encontraba su padre. Tres años después su progenitor decidió enviar a los dos muchachos (Pedro y Max) a New York. Allí trabajaron  y asistieron a las obras teatrales. Pedro Estudiaba, mientras Max estudiaba y fungía de pianista en algunas veladas. Al cabo de un tiempo, sería por el año 1903, Pedro y Max se trasladaron a La Habana, donde se había radicado su padre meses antes. En esta capital caribeña los muchachos encontraron la solidaridad del generalísimo Máximo Gómez, quien los recomendó para que fueran empleados en unos almacenes de un conocido importador y exportador de ese país.

Simultáneamente con sus actividades laborales Pedro publicaba artículos y comentarios en revistas habaneras, una de ellas dirigida por su hermano Max. Debido a su condición de extranjero Pedro utilizó pseudónimos para escribir sus comentarios. Tres de ellos fueron: León Roch, E. P. Garduño  y Gogol.

En el año 1904, a la tierna edad de 19 años,  publicó Pedro su Ensayos Críticos. Su repercusión positiva fue tal, que el eminente intelectual Menéndez Pidal la consideró como un aporte sin igual a las letras americanas.

En 1906 Pedro se trasladó a Méjico, donde estudio Derecho. Su tesis se tituló La Universidad.

En 1911 volvió a La Habana donde su padre, y en ese mismo año estuvo brevemente en Santo Domingo. De su país natal volvió a La Habana y luego se radicó temporalmente en Méjico.

En 1914 Pedro regresó a La Habana. Una vez comprobado el estado de su progenitor y de sus hermanos (ya Camila formaba parte de la familia) decidió trasladarse a Nueva York. De esta urbe Pedro decidió moverse a Washington y Minnesota. En este último estado de la Unión cursó una maestría en Artes y ejerció como profesor.

En 1917 Pedro se trasladó a Madrid. Allí impartió docencia en el Centro de Estudios Históricos. De la Península regresó a Minneapolis, y de allí pasó a  Minnesota. En la universidad de este estado adquirió el título de Doctor en Filosofía.

En 1919 Pedro se radicó por breves momentos en California. Una vez ordenada su agenda partió hacia España, específicamente a Madrid. Inmediatamente visitó California  en 1920 y volvió a Méjico en 1921. El eminente intelectual mejicano Vasconcelos había sido nombrado Secretario de Educación, y desde su posición solicitó a Pedro que contribuyera al proceso de educación mejicana.

En el año de 1922 Pedro viajó por breve tiempo a Argentina. Sus amigos les habían solicitado que observara el proceso educativo que se vivía en ese país. Luego de varios intercambios amistosos con sus amigos intelectuales, Pedro volvió a Méjico, y al año siguiente (1923) contrajo matrimonio con Isabel Lombardo, de 18 años. Pedro ya tenía 39.
En 1924 Pedro aceptó ejercer como profesor en los liceos de las universidades de La Argentina y de La Plata.

Pedro estuvo en Montevideo, Uruguay, en 1925. Visitaba ese país cuando recibió una llamada del dictador Trujillo para que contribuyera a la educación de República Dominicana.  Para que desempañara esa labor fue nombrado Superintendente General de Enseñanza. Ello ocurrió en 1931.

Pedro no soportó la asfixia del régimen dictatorial. En 1933 estuvo de visita en Puerto Plata. Luego se embarcó a París, Francia, y de allí pasó a Buenos Aires, Argentina. Jamás volvería a su país natal.

En 1940 Pedro viajó a La Unión Americana, donde impartió la Conferencia Norton en la Universidad de Harvard. Esta conferencia estaba destinada a intelectuales de gran sapiencia.  

Pedro estuvo en las universidades de Boston, Nueva York y Cambridge en 1941.

Ese mismo año (1941) Pedro viajó a La Habana y a Valparaíso, Chile, y luego  volvió a Argentina.

Pedro no salió de Argentina desde el año 1941 hasta que finalmente allí encontró la muerte.

Su influencia en las letras Argentina

Una buena parte de los intelectuales argentinos que conocieron a Pedro  se quejan contra las autoridades de ese país por considerar que no lo han elevado al sitial que se merece. Sobre esto Borges señaló:

“Yo tengo el mejor recuerdo de Pedro (…) él era un hombre tímido y creo que muchos países fueron injustos con él. En España, si lo consideraban, pero como indiano; un mero caribeño. Y aquí en Buenos Aires, creo que no le perdonamos el ser dominicano, el ser quizás mulato; el ser ciertamente judío –el apellido Henríquez como el mío, es judeo- portugués--. Y aquí él fue profesor adjunto de un señor, de cuyo nombre no quiero acordarme, que no sabía nada de la materia, y Henríquez –que sabía muchísimo—tuvo que ser su adjunto. No pasa un día sin que yo lo recuerde…”

Ernesto Sábato, de su lado, señala en su Ensayo Apologías y Rechazos:

“Se me cierra la garganta al evocarlo. Esa mañana en que vi entrar a ese hombre silencioso, aristócrata en cada uno de sus gestos, (…). Aquel ser superior tratado con mezquindad y reticencia por sus colegas, con el típico resentimiento del mediocre, al punto que jamás llegó a ser profesor titular  de ninguna facultad de Letras de Argentina”.
De todas maneras, don Pedro desempeñó un papel estelar en la vida académica Argentina. Ureña participó activamente en la construcción y modelado del universo cultural argentino en los años 1930 y 1940 y en las posteriores actividades tendentes a desarrollar las letras de ese país. Al respecto Ernesto Sábato refiere lo siguiente:

“Este hombre que alguien llamó peregrino de América (y cuando se dice América en relación a él debe entenderse América Latina, esa teórica América total de que la retórica de las cancillerías ha puesto de moda, por motivos  menos admirables), tuvo dos grandes sueños utópicos: como San Martín y Bolívar: el de la unidad en la magna Patria; y la realización de la Justicia en su territorio, así con sus mayúsculas”.

“Su vida entera se realizó así como su obra, en función de aquella utopía latinoamericana. Aunque pocos como él estaban dotados para el puro arte y para la estricta belleza, aunque era un auténtico Solari hubiera podido brillar en cualquier universidad europea. Casi nada hubo en él que fuese arte por el arte o pensamiento por el pensamiento mismo. Su filosofía, su lucha, contra el positivismo, sus ensayos literarios y filosóficos, todo formó parte de su silenciosa batalla por la elevación de nuestros pueblos”.

Ante tan elogiosos comentarios a  favor de nuestro hombre de letras, expuestos precisamente por esas luminarias de la literatura latinoamericana, dejemos que sea un argentino, país donde Pedro vivió sus últimos años, quien nos narre el infausto suceso de su fallecimiento.

Borges, en un relato que se inicia desde la Editorial Losada, distante 15 cuadras de la estación ferroviaria Constitución, desde donde Pedro debía partir a La Plata (en la editorial  Pedro debía supervisar una edición de clásicos que se editaba bajo su responsabilidad), detalla los hechos de la siguiente manera:

“Apresuradamente se encaminó a la estación  de FF. CC. Que lo conduciría a La Plata. Llegó al andén  cuando el tren arrancaba y corrió para subir. Lo logró. Un compañero, el profesor Cortina, le hizo señas de un asiento vacío a su lado. Cuando iba a ocuparlo, se desplomó sobre él. Inquieto, Cortina al oír estertores, lo sacudió. No obtuvo respuesta, dando la voz de alarma. Un profesor de Medicina que iba en el tren lo examinó y, con gesto de impotencia, diagnosticó el óbito”.

De esa manera, esforzándose al máximo por el engrandecimiento de las letras americanas, falleció nuestro Pedro Henríquez Ureña.

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