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Biografía de Salomé Ureña
BIBLIOTECA PúBLICA METROPOLITANA
09/10/2012BN PHU

Salome Ureña de Mendoza

Periodista, poeta, escritor, historiador y ensayista. 

Bonao, provincia Monseñor Nouel, República Dominicana, 16 de agosto, 1952.

 

La breve vida de Salomé Ureña de Mendoza.
 
Ascendencia de la poetisa
Salomé Ureña, la más insigne de nuestras poetisas, descendía de dos familias dominicanas muy antiguas: la Ureña y la Díaz. Todos los antecesores de Salomé eran dominicanos. El apellido Ureña probablemente procedía de Santiago de los Caballeros y el Díaz de la parte este de la isla.
 
Caracterizaba a ambas familias la pobreza secular imperante, provocada por las vicisitudes que atravesaba la isla de Santo Domingo. 
 
Para entonces nuestro terruño estuvo de “manos en manos” –una vez inglés, otra francés, después Español--. Debido a ello, la parte de la isla que ocupábamos había pasado a jugar un papel de escasa importancia a los intereses de los diferentes imperios.
 
Salomé Ureña era hija de Nicolás Ureña de Mendoza y Gregoria Díaz y León. La madre de Salomé, nació el 25 de diciembre de 1819 y murió en 1914; era hija de Pedro Díaz y Castro, hombre de grandes negocios y de hatos que en una época anterior había ocupado muchas tierras en el este de la isla. 
 
Francisco Ureña, padre de Nicolás Ureña de Mendoza, era hijo de Carlos de Ureña y de Catalina Mañón, perteneciente a una familia que había sido rica y había tenido esclavos que tomaron su apellido. Se casó con Ramona de Mendoza, de Santiago de los Caballeros. Francisco Ureña era dueño de una buena casa de altos, situada en la calle de las Mercedes, entre la del Estudio (actual calle Hostos) y la de los Mártires (actual calle Duarte). 
 
Nicolás Ureña de Mendoza, padre de Salomé, nació el 25 de marzo de 1822 en la casa No.37 de la calle Mercedes. Fue un hombre de gran cultura. Desde muy niño comenzó a escribir versos. Fue poeta, abogado de buena reputación, ocupó cargos de Senador y de Magistrado y se dedicó al magisterio y al periodismo. 
 
Tuvo una vida fecunda y abarcó todos los aspectos de la vida cultural en Santo Domingo. Entre sus poesías están El Guajiro Predilecto, que es del tipo de nuestros cantos populares; Recuerdos de la Patria y A Sánchez. Escribió canciones como Las Serranas; algunas Pastorelas y poesías de asuntos religiosos. Se complacía en hacer epigramas y dejó una serie con el título de Epitafios.
 
Abarcó el género popular, el culto, el costumbrista y la oratoria. Murió el 3 de abril de 1875 en la misma casa en que nació. 
 
Nicolás Ureña de Mendoza y Gregoria Díaz de León, padres de Salomé, celebraron sus nupcias en la ciudad de Santo Domingo, el 25 de diciembre de 1847. Formaron hogar de la casa No. 37 de la calle Mercedes. 
 
Primeros Años
Salomé Ureña y Díaz de León nació en la ciudad de Santo Domingo, capital de la República Dominicana, el viernes 21 de octubre de 1850. Serían las 6 de la mañana cuando las campanas repicaron en el barrio de Santa Bárbara para anunciar su llegada al mundo. Ello ocurrió en la casa de su abuela materna, hoy calle Isabel la Católica número 84. Por un azar del destino, Salomé vería la luz al lado de la casa de Juan Pablo Duarte. El Dr. Pedro Delgado y Ana Díaz de León, fueron sus padrinos. Su única hermana, Ramona, nació el 26 de octubre de 1843 y murió en Santiago de Cuba en 1936. 
 
Para entonces la Zona Colonial de Santo Domingo era pequeña y tenía acentuado aspecto colonial. Estaba rodeada de murallas y fosos hacia el campo. Las puertas se cerraban al llegar el crepúsculo, como ocurría en los grandes castillos del siglo XVI. Si no en todas las entradas a la ciudad, al menos ello ocurría en la Puerta del Conde de Peñalba, que para entonces daba lugar a lo que después se denominó “La sabana del Estado”, que es el espacio físico que hoy ocupa el parque Independencia. 
 
La mayor parte de los edificios estaban en ruinas. Entre ellos se destacaban la Universidad de los dominicos, el Estudio que había sido Universidad de Santiago de la Paz, el Convento de San Francisco, el de la Merced, la iglesia de San Antón, la iglesia de San Nicolás, el Convento de Regina Angelorum, el Palacio del Almirante Diego Colón y muchas casas particulares. Largos años de emigración continua habían empobrecido la ciudad. Todo estaba en ruinas.
 
El nacimiento de Salomé Ureña ocurrió poco después de la fundación de la república, durante el primer Gobierno de Báez. Nuestra poetisa creció en un ambiente de discordias, entre incontables luchas intestinas fraticidas. Por lo mismo que vivió en una época de tanta agitación, de tan incesantes perturbaciones al interior del pueblo dominicano, su espíritu se agigantó con el dolor y se hizo cada día más fuerte. 
 
Salomé tuvo una niñez muy precoz. Su madre la educó en los asuntos esenciales y a los cuatro años leía de corrido. Su infancia discurrió en las aulas de dos pequeñas escuelas de primeras letras, únicas permitidas entonces a las mujeres. 
 
Sus lecturas y sus estudios de la adolescencia fueron hechos bajo la dirección de su padre, de quien recibió lecciones de Literatura, Aritmética y Botánica. Por esta última ciencia la niña comenzó a sentir gran pasión. Con su padre aprendió a declamar los versos de sus poetas predilectos. Salomé tenía una "memoria fotográfica". La cantidad de poesías que recitaba de memoria y solía repetir entre sus íntimos, lo mismo que su hermana Ramona, era incalculable. 
 
Vocación Poética
Desde muy temprano, Salomé comenzó a cultivar su talento poético. A los 15 años escribió versos; a los 17 los publicó por primera vez, calzados con el seudónimo de Herminia, que llegó a ser totalmente conocido. 
 
En 1874 otra "Herminia" aparece firmando un artículo en prosa en el periódico El Centinela. Desde entonces Salomé comenzó a firmar sus versos con su nombre, alcanzando elogios como el de don Marcelino Menéndez y Pelayo, quien escribió que "para encontrar poesía en Santo Domingo hay que llegar a José Joaquín Pérez y a Salomé Ureña". 
 
Carácter patriótico
Desde muy niña, Salomé Ureña asimiló los principios sobre la patria que había heredado de su abuelo y de su padre. Sus primeros años discurrieron en una época alternativa de paz y de guerra. Su inexperiencia tropezó con la terrible Anexión a la antigua Metrópoli, fenómeno que sacudió los cimientos más profundos de su atribulado corazón. El espectáculo de la guerra nacionalista contra España y luego las guerras civiles, acrecentaron su amor a la patria y la convirtieron en una poetisa patriota. 
 
Según expresión de César Nicolás Penson, ella "fue poetisa vaticinadora en cuyos épicos cantos predominaba siempre la nota patriótica con los encendidos y vehementes anhelos y alientos de titán. Vidente como los grandes vates de las revoluciones del espíritu, Olmedo, Heredia y Quintana, recogió la herencia de sus estrofas altivas y apasionadas, y sorprendió a la América y al mundo…" 
 
Salomé soñó con el bienestar de su país y dedicó sus versos a inclinarla hacia la paz y el progreso. A través de su ardoroso patriotismo logró hacernos comprender mejor lo que es la patria. En una de sus primeras composiciones al hablar de la patria dice: 
 
¡Oh! Patria, voz divina, sublime y dulce nombre 
a cuyo acento el alma palpita de emoción...
 
Ya para esa época llaman la atención en Santo Domingo y en otros países de la América sus composiciones patrióticas. La nota del progreso y del amor a la patria es el tema de toda su poesía desde el año 1873 hasta el 1880. 
 
Fueron muchos y frecuentes los tributos de admiración y simpatía que mereció en vida Salomé Ureña, sin que por nada se quebrantase su modestia. Fue socia de Mérito y Honor de las sociedades Amigos del País, de Santo Domingo; de la Fe en el Porvenir, de Puerto Plata; y de casi todas las asociaciones benéficas, literarias o artísticas de la república. Fue, también, Miembro Honorario del Liceo de Puerto Príncipe, de Cuba, y de la Sociedad Literaria Alegría, de Coro, Venezuela. 
 
Son muchas las poesías de Salomé Ureña que pueden tomarse como ejemplo de ese fervor patriótico que tuvo tan honda influencia en el gran poeta Gastón Deligne, en cuyos versos dedicados a la poetisa muerta hacía esta afirmación y este elogio: 
 
Ella, al menos, mantuvo con su aliento 
de una generación los ojos fijos 
en el grande ideal. Aún llena el viento 
la seductora magia de su acento, 
y aún hablará a los hijos de los hijos...
 
El Instituto de Señoritas
Durante los años 1878 y 1879 se dedicó Salomé Ureña a ampliar su cultura científica y literaria. Francisco Henríquez y Carvajal, admirador del talento de la poetisa, cuyo nombre volaba ya en alas de la fama, la ayudó a completar su educación. Para ello, contrajo matrimonio con ella en febrero de 1880.
En 1879 había llegado a la república Eugenio María de Hostos, a quien se le encomendó la organización de la Escuela Normal de Santo Domingo en 1880, y de quien fue Francisco Henríquez y Carvajal activo colaborador. 
 
Animada en su ideal por el compañero de su vida, fundó el 3 de noviembre de 1881 el Instituto de Señoritas, primer plantel femenino de Enseñanza Superior en la república, sin duda la escuela de mujeres más importante que ha habido en el país. Fue inaugurado con sólo 14 alumnas. Su consagración al magisterio fue tan radical que prefirió las duras glorias de éste, antes que los laureles de la poesía. Ya lo dijo Hostos: "La mujer quisqueyana no ha tenido reformadora más concienzuda de la educación de la mujer". 
 
El Instituto de Señoritas ofreció un rápido triunfo espiritual, y en abril de 1887 se celebró la investidura de las seis primeras maestras: Leonor M. Féliz, Mercedes Laura Aguiar, Luisa Ozema Pellerano, Ana Josefa Puello, Altagracia Henríquez Perdomo y Catalina Pou. En aquella ocasión Hostos pronunció uno de sus más bellos discursos. 
El Instituto de Señoritas fue por largos años dulce y fecundo hogar para sus discípulas. La maestra amada era madre y confidente de aquellas niñas "templadas al calor de sus anhelos". Gastón Deligne lo dijo en versos soberanos: 
 
¡Fue un contagio sublime! Muchedumbre 
de almas adolescentes la seguía 
al viaje inaccesible de la cumbre 
que su palabra ardiente prometía...
 
Dos grupos de maestras fueron investidas, examinadas ante la Escuela Normal, siempre dirigida por Hostos. Cuando el Dr. Henríquez regresó de Europa, el 6 de julio de 1891, encontró tan desmejorada la salud de su esposa y tan agotadas sus fuerzas, que poco tiempo después la convenció de que necesitaba descansar. En diciembre de 1893 fue clausurado el memorable Instituto de Señoritas. El instituto permaneció cerrado hasta enero de 1896, cuando fue nuevamente abierto. La reapertura se debió a las hermanas Luisa Ozema y Eva Pellerano Castro. Después de fallecida la poetisa, sus discípulas le dieron al Instituto el nombre de Salomé Ureña. 
 
Muere nuestra gran poetisa
La vida de Salomé Ureña de Henríquez se resume en dos hechos esenciales: soñó con el bien de su patria y dedicó sus versos a encaminarla hacia la paz y el progreso. Después creyó que esto no bastaba, y se dedicó a la educación de la mujer. Hay dos momentos culminantes en su vida: el día en que le fue entregada una medalla costeada por suscripción pública como homenaje a la cantora del ideal de una patria mejor; y el día en que se graduaron sus primeras discípulas, prenda de algo que ayudaría a encaminarse por un mejor sendero el destino de la patria. 
 
El angustioso proceso de su muerte se inició en enero de 1897. El día dos regresó de Puerto Plata a Santo Domingo. El día ocho se sintió decaer, y a los quince días se agravaba: asistíanla los doctores Ramón Báez, Salvador B. Gautier y J.F. Alfonseca. El esposo ausente llegó de Haití el siete de febrero. Se redoblaron los esfuerzos de la ciencia y del cariño hasta lograr apartarla por unos días de la tumba. 
 
Pro todo fue en vano… Salomé murió rodeada del cariño de todos, el día 6 de marzo de 1897. Su entierro fue una manifestación cívica. Fue sepultada en la iglesia de las Mercedes. "Ante su tumba -exclama don Arturo Pellerano Alfau- el corazón se llena de congojas y la palabra se anuda en la garganta" y agrega: "Para su cuerpo es bastante ese lecho de tierra donde va a dormir el sueño eterno, pero para su gloria son ya pequeños los ámbitos de América". "Mujer de la Biblia", la llamó César Nicolás Penson. Y el grande amigo de la poetisa, el poeta José Joaquín Pérez, recitó conmovido sus más dolientes versos ante la tumba de la excelsa cantora: 
 
Cuanto en su lira enalteció, se inclina; 
cuanto su alma adoró con fe, la llora: 
apagado está el sol y nada brilla: 
todo se desvanece y descolora...
 
FUENTE:
 
 

 


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