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HISTORIA DE LA BN
09/10/2012BN PHU

El edificio remodelado de la BNPHU

El edificio remodelado de la BNPHU

Historia de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña

La Biblioteca Nacional como tal es relativamente joven. Su historia apenas se extiende a cuatro décadas de existencia.

Los primeros antecedentes que fungieron como precursores de la fundación  de la Biblioteca Nacional datan de mucho más atrás de su inauguración oficial. Se remontan a siglos que hunden sus raíces en la época de la colonia.

Como antecedente más antiguo, se menciona a la biblioteca que fundó  Gonzalo Fernández de Oviedo en 1553, la cual se localizó  en una dependencia de la fortaleza de Santo Domingo, hoy conocida como Fortaleza Ozama. Nos cuenta el historiador Emilio Rodríguez Demorizi, que la susodicha biblioteca contó con los libros más importantes de su día, y que a la misma le corresponde ser el primer establecimiento de su categoría, tanto de la isla Hispaniola como de  América. “Tanto como decir, la génesis del Nuevo Mundo”.

Para decirlo con palabras de Diógenes Valdez, transcribimos textualmente los siguientes fragmentos tomados de sus escritos sobre la historia de la Biblioteca Nacional: “Con el correr del tiempo, el esfuerzo de ilustres personas e instituciones para poner el libro al servicio de la educación y la cultura del pueblo, fructificó en importantes bibliotecas, entre las que son dignas de mención las de la Universidad de Santiago de la Paz (originalmente Colegio de Gorjón) fundada en 1540; la del Convento de los Dominicos, y la de la Iglesia de las Mercedes, en cuyo monasterio vivió por un tiempo (de 1616 a 1618), fray Gabriel Tellez, célebre dramaturgo conocido en el mundo de las letras por el seudónimo de Tirso de Molina, y a cuyo ingenio se deben obras tan famosas como El burlador de Sevilla, entre otras.”

“No hay que olvidar, desde luego, que en 1538, mediante la Bula In Apostulatus Culmine, del Papa Paulo ll, fue fundada la Universidad de Santo Tomás de Aquino –Primada de América- lo que supuso, lógicamente, la instalación de una adecuada biblioteca.”

“Mención especial merece, como antecedente ilustre y más inmediato de aquélla, la biblioteca que legara mediante testamento –dos años antes de la fundación de ese centro académico- Diego Méndez de Segura, amigo del Descubridor Don Cristóbal Colón y “uno de los personajes más interesantes que nos ofrece la historia del Descubrimiento”, al decir de José Almoina, (La Biblioteca Erasmista de Diego Méndez, por José Almoina, editora Montalvo, Ciudad Trujillo, 1945).”

Para entender mejor todo el contexto de la tardanza histórica que rodea la aparición de una verdadera Biblioteca Nacional, citamos algunas acotaciones emitidas por Alejandro Paulino Ramos durante su conferencia titulada La Biblioteca Universitaria y la Preservación del Patrimonio Nacional:
“Cómo queda dicho, parte importante del patrimonio cultural de los dominicanos está constituido por los libros, periódicos, revistas, mapas y fotografías acumulados desde el mismo momento en que Europa comenzó a implantar su cultura en el continente colonizado, y los libros de aquel largo período inmigraron junto a soldados, sacerdotes y funcionarios, mientras que en la imprenta comenzaba a estamparse el pensamiento americano; pero desgraciadamente no fue Santo Domingo, la que había sido Atenas del Nuevo Mundo, con sus universidades, poetas y dramaturgos la que primero se destacó en las artes legadas a la humanidad por el gran Gutemberg. Primeros que nosotros tuvieron imprentas México, Perú, Estados Unidos y muchos otros pueblos latinoamericanos.”

“Y no se vaya a pensar que publicar en libros impresos era tan sencillo en nuestro continente: la mano de censor español y la inquisición impidieron por siglos escribir, leer  y publicar sin el consentimiento oficial.”

“Temprano en 1556 ya Felipe II mandaba a impedir la impresión sin el consentimiento oficial y ordenaba que se recogieran y enviaran a España los libros que circulaban sin su control, exigiendo que no se consintiera ni se diera lugar a que ningún libro que tratase sobre las Indias se imprimiera ni vendiera si no se tenía licencia expresa para ello; pero aún así, los libros siguieron llegando y son contadas las personalidades que viviendo en Santo Domingo tuvieron escogidas librerías y ya temprano a finales del siglo XVIII se mandaron a imprimir algunas obras a Europa y a países americanos, como fue el libro de Antonio Sánchez y Valverde conocido como Ideas del Valor de la isla Española y considerado el primer libro publicado por un dominicano, o por ejemplo, el publicado para la misma época en los Estados Unidos, escrito por el martiniqueño Moreau de Saint Mery con el título de Descripción de la parte española de la isla de Santo Domingo. Esto sin contar las relaciones y memorias que poco a poco se iban publicando en España, que facilitan el conocimiento de nuestra historia.”

“En ese sentido, los libros y otros tipos de impresos fueron una realidad y la acumulación en manos de intelectuales, personas principales y sacerdotes de la época fueron creando las primeras librerías como se les llamaba para entonces a las bibliotecas y algunas muy importantes fueron en su momento confiscadas por las autoridades y llevadas a España o fuera de Santo Domingo como ocurrió con las de Diego y Cristóbal Colón, y la del Padre Bartolomé de las Casas. Como muchos de ustedes conocen, en la Fortaleza Ozama que fue morada de Gonzalo Fernández de Oviedo, existió una escogida biblioteca.”

Resumiendo: la ausencia de una máxima institución bibliotecaria nacional con más antigüedad, quizás deba su origen a la prolongación del coloniaje impuesto por España durante más de 300 años, con su subsecuente desidia y despreocupación cultural; a las situaciones creadas por el dominio extranjero del país, a la inexistencia y conformación tardía del Estado nacional y la falta de una política cultural de las autoridades gubernamentales que se establecieron.   Por eso,  entre las nuevas instituciones que debían nacer con el estado dominicano no estuvo temprano la Biblioteca Nacional.

Tal anomalía histórica vino a corregirse con la aparición de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, la cual fue inaugurada originalmente con el nombre de Biblioteca Nacional de la República Dominicana el 28 de febrero de 1971, dos años después del mandato que creaba la institución. Es decir, la orden de construirla fue emitida en fecha de 29 de agosto de 1969, mediante decreto número 4058 promulgado por el presidente de turno Joaquín  Balaguer.

Dicho decreto establecía la creación de una comisión encargada de dar los pasos necesarios con miras a plantar las bases de lo que sería al correr de poco tiempo nuestro máximo hogar del libro. La referida comisión que se encargaría de la realización de la edificación estuvo a cargo del arquitecto José Antonio Caro Álvarez, quien con obra como aquella contribuyó a definir la modernidad contemporánea de la arquitectura nacional.

El  local de la BNPHU, fue considerado, por su carácter  moderno y funcional, digno de albergar el patrimonio bibliográfico de la nación y fue  inaugurado en una majestuosa ceremonia que contó con la presencia del Presidente de la República, Dr. Joaquín  Balaguer, Secretarios de Estado, autoridades de gobierno, intelectuales y distinguidas personalidades nacionales y extranjeras.

El costo total de la construcción del edificio que aloja las instalaciones de la Biblioteca Nacional fue de RD$1,200,000 (un millón doscientos mil pesos), y se erigió originalmente sobre un área de 5,000 metros cuadrados.

Le correspondió al prestigioso crítico, poeta y dramaturgo, Pedro René Contín  Aybar ser el primer director de la Biblioteca Nacional, ocupando el cargo durante el 1971. Precisamente, es en ese año donde se fortalecen las bases y adquiere un gran impulso el desarrollo de la carrera de bibliotecología, bajo el imperio de la necesidad y el apremio de formal el personal que se desempeñaría en ella.

Al contemplar su imponente estructura, es fácil dejarse llevar por la imaginación en un viaje hacia el tiempo y querer saber cuáles acontecimientos se fueron concatenando históricamente para incubar y posteriormente alumbrar lo que constituye hoy la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña.

Y es ahí donde nos preguntamos: cuándo comienza a configurarse la creación  de una biblioteca nacional propiamente dicha, cuáles son sus antecedentes más inmediatos. Y enseguida viene al pensamiento de que antes de aquel 28 de febrero de 1971 en que comenzó a funcionar oficialmente, hubo una idea, más  atrás en el tiempo, de donde partió la realización de esta institución cultural.

Fue en el año 1927, en el gobierno de Horacio Vázquez, donde la Ley 666, en su único artículo, disponía que “del fondo general de la Nación se asignará la suma de RD$ 5,000 anuales, para la creación y el mantenimiento del Museo Nacional y Biblioteca Nacional”.

Un movimiento en esa dirección ocurrió ocho años después, el 18 de febrero de 1935, cuando el presidente Rafael Leonidas Trujillo promulga la Ley 1,011 que ordena emitir sellos conmemorativos “Pro Archivo y  Biblioteca Nacionales”.

En lo que respecta a esta institución tal orden nunca se cumplió, por razones que todavía se desconocen. Se tuvo que esperar a que 42 años más tarde el presidente Balaguer retomara la idea de convertir en realidad aquel hermoso proyecto en la fecha señalada (29 de agosto de 1969).

Las primeras bibliotecas públicas

No se puede hablar de la historia de la Biblioteca Nacional sin mencionar la  instauración de las primeras bibliotecas públicas como importantes precedentes, y entre éstas la pionera y primera, la cual se constituyó con libros donados por el gran intelectual venezolano e hijo de madre dominicana, Rafael Baralt, quien residió durante bastante tiempo en Santo Domingo.

El historiador y profesor universitario Vetilio Alfau Durán, reseña en 1974 que la primera biblioteca pública se fundó en la ciudad de Santo Domingo en 1867, posterior a la guerra de la Restauración y que la misma fue una iniciativa de un grupo constituido por seis ilustres ciudadanos dominicanos, quienes la albergaron en una sala de “La Casa del Sacramento”, centro educativo religioso de carácter laico,  creado por la primera administración del presidente Pedro Santana mediante la Ley del 8 de mayo de 1848.

Es durante  el segundo rectorado de dicho centro ejercido por el presbítero Fernando Arturo de Meriño,  que se crea el germen histórico de nuestra Biblioteca Nacional.   (Vitilio Alfau Durán, Nuestra Primera Biblioteca Pública, revista Clío, número 130, pag. 49, Santo Domingo, 1974).
Antes de su alojamiento en La Sala del Sacramento, esta biblioteca estuvo funcionando en el Palacio de Gobierno, según Florén (1986) y Jiménez, Gómez de Pérez & Méndez (c1986). Pero nueve años después, según Jiménez, Gómez de Pérez & Méndez (c1986), pasa a cargo de la Sociedad Literaria “Amigo del País”.

En un artículo de Yumarys Alt. Polanco–Almonte aparecido en el portal http://www.scielo.org.mx/  sobre el tema, la autora reseña que esta primera biblioteca pública estuvo en funcionamiento hasta que en el año de 1904 se dispersaron sus fondos. Relata Yumarys: “Jiménez,  Gómez de Pérez & Méndez (c1986) apuntan, por otra parte, que en 1874 la Sociedad Amantes de la Luz de la ciudad de Santiago de los Caballeros crea su biblioteca, la cual, ésa sí, sería considerada históricamente como la primera biblioteca pública dominicana por haber sido concebida con esfuerzo netamente dominicano, ya que la fundada en el 1867 se había conformado gracias a los recursos bibliográficos del venezolano-dominicano Rafael María Baralt. Las autoras apuntan en su libro que la Sociedad de Beneficencia “La Libre Alianza” fundó una biblioteca en la Villa de Salvaleón de la provincia de Higüey en el año de 1875, pero ésta había desaparecido para 1891. En su recuento sobre las primeras bibliotecas públicas dominicanas Jiménez, Gómez de Pérez & Méndez (c1986) expresan que en 1888 Eugenio Deschamps fundó la biblioteca “Alianza Caribeña”, bajo la dependencia de un Centro Artesanal de la ciudad de Santiago de los Caballeros, y que en 1908, se fundó en la ciudad de Mao, provincia de Valverde, la biblioteca pública “El Esfuerzo”, establecida por la Sociedad que llevaba el mismo nombre. La biblioteca “El Esfuerzo” fue iniciativa de ciudadanos santiagueros entre los cuales se menciona a Manuel Francisco Evertz y a Amado Franco Bidó.”

“A estas primeras iniciativas de bibliotecas públicas las sigue el fenómeno de las bibliotecas municipales, las cuales, como su nombre lo indica, son financiadas por los ayuntamientos (actualmente alcaldías) de cada municipio. En el 1979, Jiménez, Gómez de Pérez & Méndez (c1986) reseñan que las bibliotecas municipales surgen al ser instituido en 1910, el Reglamento para la Biblioteca Municipal, presentado textualmente por dos de los forjadores de la bibliotecología dominicana, Florén Lozano & Mella Chavier (1979) en su trabajo titulado Legislación bibliotecaria de América Latina: República Dominicana”.

Antecedente más próximo: la fundación de la Biblioteca de la Universidad Autónoma de Santo Domingo

La historia de la Biblioteca Nacional estaría incompleta si no se incluye a su antecesora más inmediata que fungía oficiosamente con esa categoría: la Biblioteca de la

Universidad Autónoma de Santo Domingo, la cual ha jugado un rol de primer orden en la preservación de una parte significativa del patrimonio bibliográfico nacional y de ricas colecciones de libros de América y de otros continentes que han sido de importancia vital para el estudio y para la investigación.

Poseedora de una historia que supera los cien años, hizo las veces de Biblioteca Nacional desde 1948 hasta 1971, año en que fue inaugurada la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña, cuyo acerbo bibliográfico original contó  con una considerable partida de materiales bibliográficos (estimados en unos 200 mil ejemplares impresos) donada por la UASD, como consta en la memoria del alto centro académico de 1971.  

Su base legal

A pesar de que la Biblioteca Nacional comenzó a operar el 28 de febrero de 1971,  fue cuatro años más adelante, en 1975 cuando se emitió la ley orgánica mediante la cual se establecen sus objetivos y funciones principales. Se trata de  la Ley número 263, promulgada por el doctor Joaquín Balaguer el 25  noviembre de 1975, y la cual dotó  a la  Biblioteca Nacional de su base legal  y puso a dicha institución como una dependencia de la Secretaría Administrativa.Además de la citada Ley de creación formal de la Biblioteca Nacional, existen otras piezas legales que forman parte del marco jurídico de este organismo:

Ley No. 112 del 23 de Abril del 1971 que dispone que toda empresa editora de publicaciones periódicas, establecida en el territorio nacional, tiene la obligación y el deber de enviar dos ejemplares de cada una de sus ediciones, bien sea diarios, semanarios, mensuarios o, en general, de publicaciones impresas que se editen periódicamente.

De igual manera, el Depósito Legal estipula que deben depositarse en nuestra máxima institución bibliotecaria 3 ejemplares de todas las publicaciones sonoras, electrónicas y audiovisuales que se produzcan en el país con fines comerciales.

Esta ley de Depósito Legal, es la herramienta operativa por excelencia con que cuenta la Biblioteca Nacional para acopiar la bibliografía nacional y lo cual ha permitido que los fondos bibliográficos vayan en constante aumento. Otros dos instrumentos adicionales que conforman su fundamento jurídico son:  

Reglamento Orgánico No. 2891 del 20 de mayo del 1977 que regula el funcionamiento de la Biblioteca Nacional.
Ley No. 418 de marzo de 1982 que modifica la Ley 112.

Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña: Su actualidad.

La Biblioteca Nacional Pedro Henríquez se encuentra enclavada en una zona de la ciudad estratégicamente accesible, como accesible tiene que ser el libro y la cultura. Su edificación forma parte del conglomerado de instituciones que hacen la Plaza de la Cultura.

Un hermoso edificio de cuatro niveles, rodeado de árboles que ornamentan su entorno inmediato, ahora alberga alrededor de 170,000 libros de literatura, cultura, ciencias, historia  y otras ramificaciones del saber. Un logro notable de la dirección que cubre el periodo 2004-2012. Su vieja estructura sólo contaba con 100 mil volúmenes. Y de una superficie de 11 mil metros cuadrados, fue llevada a 24 mil metros cuadrados producto de una  ampliación y remodelación que  ahora incluye una Biblioteca Pública Metropolitana en el bloque este, destinada para consultas de todos los usuarios. A  ésta se le suma la gran Biblioteca Nacional que alojará el patrimonio bibliohemerográfico del país, con su seccional para investigadores.

En este sentido, dentro de la última etapa de la historia de la BNPHU, cabe destacar el rol desempeñado por el director con más años en el cargo (12), Diógenes Núñez Polanco, bajo cuya dirección la BNPHU se ha convertido en otra muy diferente a la inaugurada en 1971, en términos de modernización, equipamiento, tecnología, capacidad e innovación de servicios, etc.

En su entorno exterior todo sigue igual, con su imponente escultura del Padre de las letras españolas Miguel de Cervantes Saavedra, en la parte frontal. En la parte lateral derecha, sigue ahí la estatua del singular pensador y educador, Eugenio María de Hostos.  

Y a la entrada del edificio, permanece el busto del escritor, filósofo y político Cicerón. El marco no podría ser mejor para invitarnos a sumergirnos en el mundo fascinante y maravilloso del libro y la lectura. Sobre todo ahora, que emerge de su proceso de remodelación más y mejor biblioteca que nunca, más espaciosa, modernizada  y acogedora que antes, y más actualizada y preparada institucionalmente para cumplir con su misión.

Desde la construcción del conjunto de edificaciones que componen la Plaza de la Cultura, ninguna de las instituciones que la integran se había  sometido a un proceso de remodelación de su estructura original.

Este proceso de modernización implementado por Diógenes Núñez Polanco, ha venido acompañado de la  actualización de los catálogos, adquisición  y restauración de obras y mejoramiento del servicio a los usuarios.

A lo largo de sus cuatro décadas de existencia, son muchas las experiencias enriquecedoras allí vividas; son muchos los escritores, investigadores, estudiantes y simples personas de a pie que han abrevado en sus salas de lectura y consulta para saciar su sed de conocimiento; son muchos los proyectos que se han meditado y alcanzado su debido punto de maduración  al calor de sus cuatro pisos, sus paredes, sus pasillos, sótanos y sus diferentes salas.

El edificio, ahora con su elegante remozamiento, está listo para recibir engalanado a los nuevos visitantes que se apresten a vivir la aventura del libro.

Sí, la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez, la cual se honra en llevar el nombre de tan insigne maestro, vuelve a estar abierta y en plena actividad, funcionando con los recursos y equipamiento más avanzados, dignos de una biblioteca del siglo xxi.

Hoy 40 años después, la sede de la Biblioteca Nacional sigue siendo un espacio de solaz interior y crecimiento intelectual, un lugar de encuentro para el disfrute y para la creación y recreación de la cultura y el conocimiento.

 


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