Viernes, 24 Noviembre 2017 02:27

Corripio: notas para un centenario

Con el hermoso gesto de la familia Corripio de conmemorar su fecundo centenario en nuestro país, entregando un millón de pesos a 100 instituciones emblemáticas dedicadas al trabajo social, contribuye a incentivar un valor muy necesario en estos tiempos, aunque promisorios, pero complejos y difíciles: el del trabajo. Así quedó expresado en el discurso de José Luis (Pepín) Corripio para la ocasión, el 13 de noviembre pasado:

“Con motivo de esta fecha tan especial para nosotros, queremos expresar nuestro testimonio de agradecimiento al país y al pueblo dominicano, y no hemos encontrado una mejor forma de hacerlo que reconociendo y celebrando el trabajo constante que vienen realizando cien instituciones o personas en las 32 provincias de la República Dominicana y que tan solo constituyen una muestra representativa del trabajo que hacen cientos de organizaciones; un trabajo que nos hace ver y creer en que un mejor país es posible a través del sacrificio, la entrega, la solidaridad y el amor al prójimo”.

En esa misma dirección, el padre de Pepín, don Manuel Corripio García, le había expresado a Ángela Peña, en entrevista publicada en Hoy, el 10 de noviembre de 2004:

“Yo creo en el trabajo, que es el legado que recibí de mis mayores, y que luego, de manera racional, entendí como la esencia de la vida del hombre y el secreto del éxito de cualquier empresa. (…)”.

Probablemente, en esa noción de entrega a las metas propuestas, la laboriosidad, el trabajo concebido como vía de subsistencia y de aporte al desarrollo de la sociedad, están las raíces de la conocida larga, fraternal y fecunda amistad entre don Manuel y Juan Bosch, desde sus años de adolescentes.

No es casual que el Art. 2 de la Constitución de Abril de 1963, afirme que : “La existencia de la nación dominicana se fundamenta en el trabajo; éste se declara como base primordial de su organización social, política y económica y se le erige en obligación ineludible para todos los dominicanos aptos.”.

Esa amistad data desde los lejanos días en que ambos trabajaban en la Casa Lavandero. Así cuenta Bosch el contexto y la época en que comenzó su relación con la familia Corripio:

“(…). Lo que sé es que después vine a trabajar a la Capital, en la Casa Lavandero, que estaba al lado de la Puerta del Conde del lado de la calle Mercedes, esquina Palo Hincado. Hacía tareas de oficina, de Aduana, y mi jefe inmediato era… Ernesto Vitienes; después pasé a trabajar en la casa de Ramón Corripio. En Lavandero y Compañía y en la Casa Corripio se trabaja sin horario, hasta los domingos a mediodía; Lavandero me daba casa y comida, porque allí, lo mismo que donde Corripio, vivíamos y comíamos en el mismo edificio del almacén. En Lavandero no me pagaban ni un centavo, excepto que el viejo Lavandero me dio un día 20 pesos (que entonces eran moneda americana, aclara Bosch) para que comprara en la calle del Conde un flusito de casimir de pantalones cortos; pero donde Corripio me pagaban 30 pesos mensuales.” (Entrevista de Lil Despradel, en suplemento Artes y Letras, del Listín Diario, 30 de junio de 1979).

Bosch recuerda que “El regalo de Lavandero tuvo su origen en que el viejo se emocionó porque yo era el que le escribía las cartas para un hijo que tenía en Alemania y parece que un día halló que la carta estaba mejor escrita de lo que él me dictaba”.

Pues bien, para entonces Bosch y Manuel compartían la misma habitación y, en ocasiones, llegaron a salir juntos. Un día, Manuel tuvo dificultades en un pie que le impedían caminar. Bosch le curó esa dolencia con un remedio casero. Siempre se llamaron Juanito y Manolo. Mientras laboraba en la Casa Corripio volvió a escribir cuentos, pero él mismo aclara que su carrera literaria comenzaría 3 o 4 años después.

Para entonces, “Bosch, sobre cuya personalidad conversaba extendidamente don Manuel, ya se revelaba como literato en La Opinión, según sus remembranzas, y tal vez como político, pues le visitaba quien luego sería presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt.”.

A la empatía natural que desde los inicios se produjo entre Bosch y Manuel, así como con Ernesto Vitienes, cuyas relaciones se prolongaron a sus descendientes, se sumaron sus orígenes españoles. Incluso, luego de esa etapa en la Casa Lavandero y en el propio negocio de Ramón Corripio, ambos viajaron a España: Bosch a Tortosa, Cataluña, en 1929, y Manuel Corripio, a Asturias, en 1932.

Con el hermoso gesto de la familia Corripio de conmemorar su fecundo centenario en nuestro país, entregando un millón de pesos a 100 instituciones emblemáticas dedicadas al trabajo social, contribuye a incentivar un valor muy necesario en estos tiempos, aunque promisorios, pero complejos y difíciles: el del trabajo. Así quedó expresado en el discurso de José Luis (Pepín) Corripio para la ocasión, el 13 de noviembre pasado:
“Con motivo de esta fecha tan especial para nosotros, queremos expresar nuestro testimonio de agradecimiento al país y al pueblo dominicano, y no hemos encontrado una mejor forma de hacerlo que reconociendo y celebrando el trabajo constante que vienen realizando cien instituciones o personas en las 32 provincias de la República Dominicana y que tan solo constituyen una muestra representativa del trabajo que hacen cientos de organizaciones; un trabajo que nos hace ver y creer en que un mejor país es posible a través del sacrificio, la entrega, la solidaridad y el amor al prójimo”.
En esa misma dirección, el padre de Pepín, don Manuel Corripio García, le había expresado a Ángela Peña, en entrevista publicada en Hoy, el 10 de noviembre de 2004:
“Yo creo en el trabajo, que es el legado que recibí de mis mayores, y que luego, de manera racional, entendí como la esencia de la vida del hombre y el secreto del éxito de cualquier empresa. (…)”.
Probablemente, en esa noción de entrega a las metas propuestas, la laboriosidad, el trabajo concebido como vía de subsistencia y de aporte al desarrollo de la sociedad, están las raíces de la conocida larga, fraternal y fecunda amistad entre don Manuel y Juan Bosch, desde sus años de adolescentes.
No es casual que el Art. 2 de la Constitución de Abril de 1963, afirme que : “La existencia de la nación dominicana se fundamenta en el trabajo; éste se declara como base primordial de su organización social, política y económica y se le erige en obligación ineludible para todos los dominicanos aptos.”.
Esa amistad data desde los lejanos días en que ambos trabajaban en la Casa Lavandero. Así cuenta Bosch el contexto y la época en que comenzó su relación con la familia Corripio:
“(…). Lo que sé es que después vine a trabajar a la Capital, en la Casa Lavandero, que estaba al lado de la Puerta del Conde del lado de la calle Mercedes, esquina Palo Hincado. Hacía tareas de oficina, de Aduana, y mi jefe inmediato era… Ernesto Vitienes; después pasé a trabajar en la casa de Ramón Corripio. En Lavandero y Compañía y en la Casa Corripio se trabaja sin horario, hasta los domingos a mediodía; Lavandero me daba casa y comida, porque allí, lo mismo que donde Corripio, vivíamos y comíamos en el mismo edificio del almacén. En Lavandero no me pagaban ni un centavo, excepto que el viejo Lavandero me dio un día 20 pesos (que entonces eran moneda americana, aclara Bosch) para que comprara en la calle del Conde un flusito de casimir de pantalones cortos; pero donde Corripio me pagaban 30 pesos mensuales.” (Entrevista de Lil Despradel, en suplemento Artes y Letras, del Listín Diario, 30 de junio de 1979).
Bosch recuerda que “El regalo de Lavandero tuvo su origen en que el viejo se emocionó porque yo era el que le escribía las cartas para un hijo que tenía en Alemania y parece que un día halló que la carta estaba mejor escrita de lo que él me dictaba”.
Pues bien, para entonces Bosch y Manuel compartían la misma habitación y, en ocasiones, llegaron a salir juntos. Un día, Manuel tuvo dificultades en un pie que le impedían caminar. Bosch le curó esa dolencia con un remedio casero. Siempre se llamaron Juanito y Manolo. Mientras laboraba en la Casa Corripio volvió a escribir cuentos, pero él mismo aclara que su carrera literaria comenzaría 3 o 4 años después.
Para entonces, “Bosch, sobre cuya personalidad conversaba extendidamente don Manuel, ya se revelaba como literato en La Opinión, según sus remembranzas, y tal vez como político, pues le visitaba quien luego sería presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt.”.
A la empatía natural que desde los inicios se produjo entre Bosch y Manuel, así como con Ernesto Vitienes, cuyas relaciones se prolongaron a sus descendientes, se sumaron sus orígenes españoles. Incluso, luego de esa etapa en la Casa Lavandero y en el propio negocio de Ramón Corripio, ambos viajaron a España: Bosch a Tortosa, Cataluña, en 1929, y Manuel Corripio, a Asturias, en 1932.