Marcio Veloz Maggiolo: Palimpsesto vital e imprimatura cósmica, al emprender lo inmarcesible

Thursday, 02 June 2022

Se ha establecido que Marcio Veloz Maggiolo (1936-2021), con Los Ángeles de Hueso y Aída Cartagena (1913-1994) con Escalera para Electra, introducen la experimentación y el absurdo en la novela dominicana. Y así mismo que con los años, la obra novelística del primero adquirió la categoría de ser la más importante de la segunda mitad del siglo XX e inicios del XXI en la literatura dominicana.

Pero sus lectores, habitantes del planeta Marcio, que seguimos el mágico fluido al que fuimos habituados libro tras libro, aunque parezca una generalización o una desmesura decirlo, no creo que esperábamos la sorpresa de este juego novelístico que nos tenía bien reservado.

Palimpsesto, confesiones de un anciano que sudaba palabras, es la novela breve que su autor vio salir de la Imprenta Búho en noviembre 2020, con un elegante diseño de portada de María Fernanda Villaroel Veloz y un bello, certero prólogo de Danilo Manera.

Son unas 140 páginas netas de relato que de entrada se nos avisa cuentan con una estructura “de ensambladas notas y espacios en blanco que se han fundido para hacerlos coincidir”.

Esto, aunque no parece lógico, como en todo universo ha de haberlo, sí tiene un orden y de esta manera inician “el universo mínimo místico-creciente”, que su creador ha atado a algo indefinido pero por él llamado “eternidad menor”.
¿Quién es este anciano que sudaba palabras? Es el personaje central, Don Martirio Talmáscual, aunque él suele autollamarse Aquilonio de Villa Francisca, donde ha transcurrido su infancia.

Don Martirio estudió Química en la escuela por correspondencia de la Hemphill School, a cuyas clases “asistía casi telepáticamente”, mas, antes de graduarse ya la ejercía empíricamente. Pero el modus vivendi de Martirio es la compraventa El Borrón, por lo que ahora, desde su casa de playa en Boca Chica, donde entre facturas, recibos y pagarés descubre una vocación literaria delirante, empieza su meditación y hasta confiesa que: “siempre tengo en el corazón aquellos pobres de solemnidad que abandonaron bajo el peso de una fecha guillotinante el objeto empeñado”… Pero es porque él a su vez empieza a sentir sobre sí la guillotina espiritual de los herederos de su fortuna, a la que siempre dio por imaginaria pero que ellos reclaman.

Esto es algo que le recuerda en sus constantes visitas semanales, cierto oscuro personaje, portador de un maletín de papeles: El Licenciado Faciolides, su abogado, viejo amigo de su padre, por cierto de ascendencia griega, que viene a aconsejarle y apremiarle, para que tome decisiones.

El hecho de que tuviera por lar nativo la casa no. 57 de la calle Ravelo, en Villa Francisca, mueve a una primera sospecha a los lectores y lectrices de Veloz Maggiolo, y por si alguien fuera tan despistado, bastaría algún párrafo adelante para hacerle percatar de que el protagonista, el anciano que suda palabras no se llama Mar- cos, ni Mar-celo, o Mar-cial, pero sí Mar-tirio, con lo cual la complicidad autor-lector ya está servida.

Además del protagonista y este segundón y odioso Faciolides, la alquimia narrativa de Veloz Maggiolo, acierta con la creación de unos personajes femeninos singulares, que habrán de aportar dinamismo y gracilidad a la historia, al mismo tiempo que conducen al lector al territorio de lo ambiguo, al presentarlas como sus nietas “o acaso sobrinas”… Enseguida nos hacemos cargo de que una duda así no se concibe, salvo que ya estemos pisando las arenas movedizas de la ineluctable decadencia. Y sin perder de vista definiciones de manual, la ambigüedad, nos sitúa allí donde los villanos pueden ser héroes y viceversa, la certeza se convierte en duda, la fatalidad en contradicción y el idealismo romántico en franca e irónica dialéctica…

De suerte que las tres excelentes lectoras y acuciosas jóvenes nietas ¿o sobrinas? son Ágata, Selenia y Obsidiana. Nombres de gemas preciosas, que justificamos puesto que siendo Martirio un químico, en el texto, sus descendientes no podrían llamarse bella y tradicionalmente María, Amalia o Camila, ¡Oh no! Y a sabiendas de la importancia simbólica que tanto en su poesía como en su narrativa, Veloz Maggiolo asigna al nombre, me dispuse a in

vestigar, más allá de su belleza, el sentido esotérico que podría aportar su trilógica presencia en la vida de Martirio y en el insólito curso de su historia.

Así pues, Ágata es una roca ígnea, cuyo nombre se lo puso el filósofo Teofrasto, por el de un río siciliano de la antigüedad, el Akhates, su composición es SIO2 y sus propiedades son aportar equilibrio físico y emocional, por tanto, prevenir las caídas tan fatales para los ancianos. Obsidiana,+ 65 SIO2, era para los mayas la piedra de la adivinación, de la verdad, es un vidrio volcánico, que al usarlo como espejo reflectante, resalta la dislocación en el tiempo y el espacio. Protege a las personas sometidas a abuso de otras de carácter más fuerte. Mientras que la Selenita, Ca SO4 2H2O, abre a frecuencias más altas y mensajes del universo.

De modo que la simpática triada, muy atenta a la escatológica espiritualidad de su abuelo, ¿o su tío?, empieza a vivenciar súbitos y bastante extraños descubrimientos: Martirio suda profusa, copiosamente sus sábanas, y es cuando una de las observadoras muchachas llega a una sorpresa mayor. Unos pequeños signos, al parecer dotados de vida, pues tratan de ir de lo mojado a lo seco, en un principio le hacen pensar que son hormigas bobas, las que siempre acuden donde están los diabéticos, entonces ella exprime las empapadas sábanas y ve que no son tales insectos, sino nada más y nada menos que letras. Y en un thriller, cuasi de ciencia ficción, las chicas buscan una tela, como una suerte de colador para atrapar las letras que parecían insectos y que ahora evidentemente conforman palabras y frases legibles.

Y el absurdo no se detiene, porque ellas, cual personajes animeés, van y vienen, hasta que llegan a una verificación electrizante: es que simultáneamente, están desapareciendo de los libros de la biblioteca de Don Martirio, ¡textos completos! Ellas han detectado fallas de información en las estanterías y al revisar, aun más, ¡encuentran frases enteras en la bacinilla! De las nietas o sobrinas, qué más nos da, no deja de ser interesante que una de ellas es lectora de las Hermanas Fox, (que también en número de tres, tanto tuvieron que ver con el espiritismo decimonónico); y se evidencia que están de tal manera impactadas por sus hallazgos, que hasta deciden cambiar su plan de estudios y optan por Química Orgánica.

Se establece una relación biunívoca, pues si bien el cariño y cuidado de Martirio las orilla hasta la búsqueda y el conocimiento, de igual manera, cuando ellas reportan que en la taza de noche y en las sábanas sudadas había supuestas mosquitas junto a palabras ocultas y que flotaban en la fermentación, ahí es donde empiezan a enlazarse las teorías de Don Martirio. Por ejemplo que “…El efecto llamado viral que produjeron sus descubrimientos aun dentro de los límites de su adultez mayor, despejaron todo lo que piensa un anciano, y cómo puede lo pensado transformarse en verdad histórica que es más que todo retórica de sonora concupiscencia”. O verbigracia: “Martirio, yo mismo, sudo letras que llegan de mi biblioteca a mi cerebro, haciendo escala en las sábanas mojadas por un sudor legible…” Además: “En las frisas que cubren la ancianidad, hay letras de obras que te llegan de los miles de textos leídos. Los que llevas dentro”.

Y en conclusión: “Soy una novela harta de personajes que vengo siendo yo mismo”.
Quién iba a imaginar que el autor de La vida no tiene nombre, o De abril en adelante, en un ejercicio de ironía y reflexión, de meta ficción, jugando con el lenguaje postmoderno, se reiría de sí mismo, de los achaques de su ancianidad, “de la sudoración y a veces incontinencia” y del “ aviso de la total senilidad” o lo que él llama “la era glandular”, esa de la que un poeta dominicano cantó: “En llegando al arrabal de senectud”, y una poeta dominicana como Grey Coiscou versó: “Somos el tono gris de la vejez que emana/ de nuestros gestos tristes y burgueses / el deforme fantasma de las enfermedades”.

En la voz ficcional de Martirio, es esa edad la que “produce resultados que van más allá de lo personal y que influyen en la biografía de escritores que a mi edad, 83 para 84 años, persisten en la comprensión de las energías ocultas, chamánicas…”

Pienso que de las reflexiones gnoseológicas de este libro, encuentro un antecedente en la bibliografía de Veloz Maggiolo: La memoria fermentada, que él denominó Ensayos Bioliterarios.

En los últimos tiempos, escritores que le visitaban se desconcertaban al ver sobre la mesa los libros que ocupaban sus ocios, junto a la Física cuántica a Historia de un alma y La muerte y su misterio de Camilo Flammarión; Isis sin velo, de Roso de Luna; Saulo de Tarso, de Ramatis; Ciencia y Espiritualidad, la nueva visión y Campos Mórficos de Rupert Sheldrake; Omar Khayam, el vino del místico y Autobiografía de un yogui, de Paramahansa Yogananda.

El notaba su extrañeza y travieso, se divertía. Y como ya es archisabido que el más fino, el más elevado sentido del humor es precisamente el que perpetramos a costa de nosotros mismos, y es el que solo son capaces de ejercitarlo con gracia y de disfrutarlo, los espíritus más exquisitos; por ello, la sonrisa que nos va brotando al compás y el son de la lectura de este Palimpsesto, se alterna con una irreprimible carcajada.

Y así de pronto, me asalta un aire a otra novela dominicana, Memorias de Enárboles cuentes, publicada en 2004, por Rafael Peralta Romero.

Pero son muy diferentes, partiendo desde la perspectiva en que fueron escritas. Enárboles es como un antiguo juglar en busca de un interlocutor que recoja y no deje perder su imposible, oral, cuanto fantasiosa e inverosímil biografía. Martirio, en cambio, nos hace partícipe de la borrazón de su biografía, vale decir de los libros que se consustanciaron con su propio organismo y ahora los expele, y él es el propio irónico escriba del palimpsesto, desde donde su palabra fermentará en algo nuevo.

Pero la feliz humorada no es óbice para que más de una vez nos dé un vuelco el corazón, a cada alusión a la realidad real: la Biblioteca Nacional, un Diómedes custodio de libros, la página en blanco de un Presidente, la peste “sardónica”, pandemia, vacunas, etc., sobre todo si pensamos que este Palimpsesto no es una obra póstuma y consta que tampoco fue la última que escribió y dejó inédita. No obstante, salió a la luz en noviembre 2020 y 4 meses después, 12 de abril 2021, salió Marcio a la luz “del día sin ocaso”, del que le habló Mercedes Maggiolo, su madre evangélica; día en que salió libre su alma a la playa del cosmos, el cosmos del que tanto le leyó su padre el poeta y teósofo Francisco Veloz.

Ellos, ¿qué duda cabe?, le aguardaban para acompañarle en la suprema y ultérrima travesía, cuando como dice Martirio: “Ella, la inolvidable, sonríe desde su barco…”

Nosotros también asistimos, pues en este libro, avizoramos cómo un artista, un incesante creador, se despoja de mezquindad y en dación final, se trasciende a sí mismo, haciéndonos receptores agradecidos de la gran borrazón previsionada, cuando nos deja leer aun el palimpsesto final:

“En este momento, en el que crees desaparecer, se hacen humo los bosques, y el pensamiento, antes de ser copiado, se desgrana por su cuenta, calle abajo, dejando vacío el universo…”

¿Quién iba a imaginar que el autor de La vida no tiene nombre, en un ejercicio de ironía y reflexión, postmoderno, se reiría de sí mismo?

Suplemento Areíto (Sábado 18 de diciembre de 2021)