La Nacional de Franklin Franco

Thursday, 11 August 2022

Santo Domingo - Ago. 05, 2022.

La Librería Nacional, sita en Nouel con Espaillat -en el Navarijo recreado por Moscoso Puello en su relato autobiográfico-, destacó por su oferta actualizada en ciencias sociales, con énfasis en sociología, economía e historia, así como en literatura de orientación marxista. Propiedad del sociólogo e historiador Franklin J. Franco Pichardo, su apertura se efectuó a finales de 1965, ya instalado el presidente provisional García Godoy, fresco aún el olor a pólvora de la revolución de abril. En pleno corazón de la zona constitucionalista, cantón de las fuerzas civiles y militares comandadas por Caamaño durante el conflicto bélico que provocó la segunda ocupación de los marines en el siglo pasado.

De esos primeros días conservo vaga imagen, ya que a finales de febrero del 66 debí salir con destino a Santiago de Chile, donde permanecí por cinco años. Sin embargo, pronto me llegarían las noticias de la importancia que adquiría esta librería y de la labor editorial emprendida por su dinámico propietario, un frecuente colaborador de la revista ¡Ahora! a la que estaba suscrito. Cuyas polémicas sobre temas históricos disfruté desde el distante mirador santiaguino, acomodado en un banco de la céntrica Plaza de Armas. Una estancia en Chile de mi querido Tulito Arvelo -conspirador antitrujillista junto a mi padre y tíos, sancarleño del Callejón Imbert- así me lo confirmó.

Gracias a mi hermana Flérida pude mantenerme al tanto de lo que aquí se publicaba. Recibí en el Cono Sur los primeros títulos de Editora Nacional, así como las ediciones príncipes de la UCMM de Santiago. Del fraterno Frank Moya Pons, La Española en el siglo XVI 1493-1520, del entrañable sociólogo holandés Harry Hoetink, El Pueblo dominicano: 1850-1900, apuntes para su sociología histórica y de Héctor Incháustegui Cabral, De Literatura Dominicana Siglo XX.

Los títulos de Editora Nacional se enmarcaban en lo que Jimenes Grullón llamaría la nueva historiografía. Figuraba Emilio Cordero Michel -quien devendría en los 70 un apreciado colega en las faenas universitarias y contertulio en las peñas de la Heladería Capri, La Cafetera, Los Imperiales y el Bar América- con su seminal La revolución haitiana y Santo Domingo. De nuestro Pedro Mir, su hermoso texto Tres leyendas de colores y el estimulante ensayo El Gran Incendio: Los Balbuceos Americanos del Capitalismo Mundial. De Antonio de la Rosa -seudónimo del juez y publicista haitiano Alexandre Poujol-, Las finanzas de Santo Domingo y el control americano. Del historiador cubano José Luciano Franco, Historia de la revolución de Haití. Del propio Franklin J. Franco, Los negros, los mulatos y la nación dominicana.

En 1966 Franco ganó el prestigioso premio Casa de las Américas de Cuba por su ensayo República Dominicana: Clases, crisis y comandos, acerca de la revolución de abril, reimpresa aquí. Editora Nacional publicaría otros trabajos suyos, como Vida, pasión y muerte del PCD, El aporte de los negros e Historia de las ideas políticas en la Republica Dominicana. Parte de una valiosa bibliografía sobre tópicos históricos, sociológicos y políticos, entre los que destacan la dictadura de Trujillo, las relaciones domínico-haitianas, las finanzas públicas, y el prejuicio racial. De su pluma también, obras de texto como Historia del Pueblo Dominicano y su Historia de la UASD y los Estudios Superiores. Quizá el proyecto más ambicioso emprendido por Franco fue la Enciclopedia Dominicana que congregó contribuciones de destacados y noveles autores bajo su dirección, editada en ocho volúmenes y disponible en versión digital.

Nos conocimos en 1964 en la vieja Escuela de Sociología de la UASD, donde ambos estudiábamos. Compartimos así las lecciones impartidas por mi primo hermano Luis Rafael del Castillo Morales, director fundador de la Escuela, Andresito Avelino, Hugo Tolentino, Jimenes Grullón, Chito Henríquez, Bolívar Batista del Villar, Rafael González Tirado, Miguel Mendoza Rijo, Almanzor González Canahuate, Alberto Noboa, Rafael Deláncer, Frank Marino Hernández.

Por los influyentes esposos belgas André y Andrea Corten, y otro inquieto belga, el pequeño provocador Jacques Silberberg, a quien hallé radicalizado luego en Chile como profesor en la U. de Concepción, cuna del MIR. La antropóloga norteamericana June Rosenberg, quien se aplatanaría en el país, donde descansan sus huesos, rodeada de cariño y gratitud de dominicanos y haitianos, como un ángel Makandaliano que nos cayera desde la respetable Columbia Universty.

Un elenco formidable de maestros que completaban otros sociólogos. El argentino Carlos Di Núbila, quien se radicaría en Puerto Rico para beneficio de la academia y las artes de esa isla, el uruguayo Gerónimo de Sierra, hoy reconocido especialista en procesos políticos. Y un tímido joven alemán de paso efímero por la Escuela, Wolf Grabendorff, uno de los latinoamericanistas más reputado en relaciones internacionales, vinculado a The Johns Hopkins University y su Escuela de Altos Estudios Internacionales y al Institut des Hautes Études de l'Amérique latine, de la Université Paris III-Sorbonne.

Reforzaba esta labor la serie de folletos mimeografiados "Materiales para el estudio de la República Dominicana en la segunda mitad del siglo XIX", de la autoría del caribeñista holandés Harry Hoetink, que vieron la estampa en la revista Caribbean Studies de la U. de Puerto Rico. Una Escuela auspiciada inicialmente por la OEA, que era un oasis innovador en la vetusta Universidad de Santo Domingo.

Allí, en el modesto recinto, con anexo de aulas de asbesto cemento, que compartía espacio con el Instituto Sismológico, socialicé con Magda Acosta, Carlos Dore, Orlando Martínez, Naya y Chello Despradel, Osvaldo Domínguez, Dorín Cabrera, Irma Nicasio, Magaly Caram, Isis Duarte, Sonia Besonias, Rafael Villalba, Rafael de la Rosa, Leovigildo Báez, Eulalia Flores, Ana Teresa Olivier, Miguel Cocco, Picho Alcántara, Carlitos Pimentel, Rubén Silié, Miriam Díaz Santana, Walker, Adalberto Gutiérrez, Modesto Reynoso, Melvin Mañón, entre otros. Unos bancos de granito como los usados en los parques y la famosa mata de mango, servían de espacio acogedor a los animados debates de unos jóvenes que todavía "tenían el mundo por delante".

En la década del 70, Franklin y yo nos reencontrarnos como docentes e investigadores en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UASD, cuando encabezamos sucesivamente la Dirección de Investigaciones Científicas de la institución, cuyo fundador fuera Guarocuya Batista del Villar, uno de los talentos mejor dotados del país. En la dirección de la DIC, le correspondió a Franco organizar un seminario de gran impacto sobre la presencia africana en América, con la asistencia de connotados especialistas internacionales.

Fue en esos años en que me hice habitué de su Librería Nacional, que mantenía un amplio surtido de obras de ciencias sociales de las editoriales Siglo XXI -con autores de moda como Poulantzas, Althusser, Barthes, Foucault, Lacan, Bourdieu, González Casanova, Faletto, Cardoso, Sunkel-, Era, con la trilogía biográfica sobre Trotsky de Deutscher, Fondo de Cultura Económica, Joaquín Mortiz.

Identificado como hombre de izquierda, compromisario con las causas progresistas de la época, su local era punto de visita de universitarios, intelectuales y militantes políticos que querían mantenerse al corriente de las publicaciones más recientes. Revistas procedentes de la Isla Fascinante, como Cuba Internacional, Bohemia, Tricontinental, Casa de las Américas, Pensamiento Crítico, y el diario Granma. La mexicana Siempre -con una pléyade de colaboradores que incluía a Carlos Fuentes, Lombardo Toledano, Silva Herzog, Renato Leduc, Monteforte Toledo, Fernando Benítez- dirigida por José Pagés Llergo.

La excelente revista Historia y Sociedad editada en México por Enrique Semo, Héctor Aguilar y Enrique Florescano. La colección del republicano español Juan Grijalbo -quien me fuera presentado por Franco-, con sus pequeños manuales en sólidas impresiones bien cuidadas de los principales pensadores de las ciencias sociales.

Las ediciones en lenguas extranjeras de Moscú y Pekin de los clásicos del marxismo, en especial el famosísimo librito rojo de Mao Tse Tung, que los maoistas universitarios blandían como munición revolucionaria en los "foros de Yenán" que escenificaban en el campus de la UASD, a la manera de la Guardia Roja de Mao durante la revolución cultural china.

Un fuerte en el inventario de La Nacional eran los libros de historia dominicana, con la presencia de las colecciones dirigidas por Rodríguez Demorizi desde la Academia de la Historia que presidía, reforzados por la labor editorial del propio Franco en este campo. Como me confesara este colega y amigo en una conversación, la librería respondía a un interés personal de formar una gran biblioteca especializada. Como de hecho lo lograra, hoy donada generosamente al Museo Memorial de la Resistencia.

Franklin amplió sus horizontes comerciales al ocupar la primera planta del edificio Franco, en la Correa y Cidrón, donde funcionó Econolibros, especializada en textos universitarios. En 1982 decidió cerrar sus operaciones como librero, transfiriendo a Miguel Cocco este último local.

Recuerdo con gratitud las amables atenciones de su madre doña Ana Antonia Pichardo - quien siempre me decía que Franklin y yo teníamos que ser parientes-, de un joven diligente Daniel Liberato, persistente en el oficio con su Librería La Filantrópica, de una joven estudiante de sociología Milagros Jacobo que presentó tesis sobre la Iglesia en Santo Domingo.

Retengo en la escena a mis constantes contertulios Pedro Mir, Tulio Arvelo, José Espaillat, José Aníbal Sánchez, Feliservio y Juan Ducoudray, Chito Henríquez y Dato Pagán, un elenco habitué de la Librería Nacional de la Nouel con Espaillat. Que la identificaban como un recodo amable del viejo Partido Socialista Popular surgido en 1946, en el cual Franklin Franco militara. Un expedicionario de Madruga, Cuba, que se quedó con las ganas de venir en el 59.